Paolo Sollier, puño en alto

 

Melena y barba desbarajustadas, arriba hay un puño cerrado, de peón, para saludar a la grada del viejo estadio de Santa Giuliana. El que tras fichar de salida en la Fiat no pierde un segundo y esprinta hacia las reuniones del sindicato es el mismo que emboca la pelotita cada domingo para que su equipo pueda asomarse por primera vez a la Serie A. Ese barbas que trabaja el gol en el Perugia 74 es una anómalía a todas luces. Como muchos jóvenes de la época calza a la izquierda, sí, pero siendo futbolista jamás lo oculta y acaba convirtiéndose en la excepción del gremio. Cromo indeleble con alquiler vitalicio en la memoria italiana, pasea enfundado en la roja del Perugia Paolo Sollier, mediapunta y militante.

Poco más que un currante del infrafútbol, un número trajinando en la C para la Pro Vercelli y la Cossatese alcanza fama cuando asciende con el Perugia y pone la primera piedra del equipo que asombraría a Italia años más tarde rozando el scudetto. No era un prodigio depositándola contra la malla pero cuando buscas material suyo y encuentras únicamente entrevistas atentas a su circunstancia política intuyes la clase de icono que tienes enfrente. A continuación miras la imagen del universitario Sollier, bolso a cuestas con los apuntes de Ciencias Políticas y Leyes, posando para la prensa mientras ojea Il Manifesto y acabas por entenderlo.

“Siempre trabajé de peón y como futbolista. Entraba en el vestuario, me ponía la camiseta y las botas y entraba en otro mundo. El día a día quedaba fuera. Luego me volvía a cambiar, me despedía de todos y volvía a mi vida. Comencé a realizar trabajos sociales en mi barrio, la Vanchiglia (entonces zona obrera en Turín) en una organización católica llamada Manai Tese. Éramos voluntarios. Al crecer me fuy acercando a la izquierda y a la democracia proletaria”. Al aparato Sollier, incluso durante su breve etapa como jugador de Primera miembro activo de la Avanguardia Operaia, la organización obrera de extrema izquierda nacida de la efervescencia del 68.

Su diferencia. “Había pocos jugadores que quisieran hablar de política. De los grandes de la época tan solo Gianni Rivera mostró cierto interés por lo que estaba sucediendo, su actividad tras dejar el fútbol (Rivera activo en política desde 1987 al punto de llegar a eurodiputado) demuestra que tenía buena cabeza. Del resto, ninguna noticia”. Al hilo, la rareza de Sollier fue que se mantuvo en sus trece aun cuando saltó a la fama. Mientras otros acarician el volante del último BMW este seguía viviendo en una casa modesta, alejada del centro histórico de Perugia y forrada de propaganda política.

Decía Sollier que no se consideraba diferente al resto tan solo porque los aficionados le idolatrasen (a la izquierda de Dios solían cantarle) y que sus intereses en la vida, su pasión era la fotografía, no terminaban en el fútbol. Quizá por ello se hartó fútbol de élite a las primeras de cambio y tras solo una temporada en primera regresó a la B con el Rimini y de nuevo al comienzo del círculo con la Pro Vercelli y la Cossatese. A la C y más abajo. Un romántico, abogó por una visión social del deporte  alejado de los disparates del profesionalismo. Tan fuerte como el que le brindaba la curva perugina cuando marcaba y alzaba el puño.