New Balance M1300 ‘Made In USA’ Fall/Winter 2012

Un par de años atrás, New Balance comenzó a comercializar en nuestro país algunos de sus modelos Made In USA y Made in UK pero el consumidor los rechazaba debido a sus “elevados precios”. Finalmente, gracias a la infantería de modelos de primer precio al estilo de las 420, la gente le ha cogido cariño a la N y ahora comienzan a valorar la calidad y el estilazo de modelos como las 1300.

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Subculture Films “This is a modern world”

La segunda entrega de la serie explora la cultura mod que irrumpió en la escena Londinense a finales de 1950.

Mientras que los Teds llegaban a su final, una nueva cultura estaba surgiendo en Gran Bretaña. Los Mods marcaban el estilo en un momento en el que la clase obrera disponía de dinero y además se lo gastaban en ropa elegante. Preocupados en qué ponerse, cómo buscarlo y dónde conseguirlo, los scooters fueron el medio para un fin.

!Salud!

Gloverall “Authentic British Heritage Duffle”

Un paseo fotográfico por las colaboraciones de esta marca, símbolo británico del mítico “Duffle Coat”.

!Salud!

Abrigo ‘Monty’ Special Edition inspirado en el original de la 1ª Guerra Mundial, esta edición se aligeró y se adaptó a la inconfundible estética de la marca del Laurel.

La colaboración con YMC es una reinterpretación del abrigo militar clásico con una etiqueta en el interior para detallar nombre, rango y grupo sanguíneo . !Made in England!

La colaboración con J Crew nos muestra una pieza de colección con un acabado con detalles excepcionales y un interior totalmente forrado en tejido tartán.
Gieves & Hawkes, una forma clásica de entender este duffle en colaboración con Gloverall.
Por último y no menos importante la colaboración con Junya Watanabe, tradición actualizada.

La gran batalla de Big Bad John

Su aspecto asemejaba más al de un infatigable bebedor de pintas y adicto a los dardos. Un pendenciero, de esos que apuran el brebaje cuando suena la campana de última ronda. Fauna de pub. Rapado, tratando de ocultar una calvicie prematura, entrado en kilos, con sonrisa de trastornado y cabeza sembrada de cicatrices, imborrables souvenirs de sus muchos encontronazos sobre el césped. John Hartson (Swansea, País de Gales, 1975) es quizá uno de los últimos bad boys de manual que poblaron el fútbol británico hasta principios de la década pasada. Un especimen que en la actualidad, en un fútbol hipermercantilizado, en el que prima lo esteta sobre lo pasional, parece casi desterrado.

De Hartson, antiestético pero funcional delantero centro, nos quedan muchas imágenes para el recuerdo. Desde sus primeros pecados de juventud como goleador secundario en el Arsenal pre-Wenger, hasta su fructífera y admirable etapa como jugador del Celtic, pasando por sus años locos en Wimbledon o West Ham United.

Fue precisamente su etapa en The Academy la que quizá nos dejó la escena más llamativa, por reprobable, de su carrera deportiva. No fue siquiera en partido oficial. La escena, uno de esos ‘incidentes de entrenamiento’, nos presentó a un Hartson desquiciado, violento, explosivo. La brutal patada en la cara de su por entonces compañero, el israelí Eyal Berkovic, dio la vuelta al mundo demonizando al delantero galés. Fue el culmen de su carrera como bad boy.

Tras pasar dos breves etapas primero en el Wimbledon (convirtiéndose en el fichaje más caro de la historia del extinto club londinense) y más tarde en el Coventry, la temporada 2001/02 cambió de aires. Escocia y el Celtic fueron su hogar durante cinco campañas.Y fue allí, en Celtic Park, donde Big Bad John se convirtió en leyenda, en jugador idolatrado por la afición católica de Glasgow. Más de cien goles y una entrega intachable en los casi 150 partidos disputados vistiendo la camiseta de los Bhoys situaron a John Hartson en la estantería de los elegidos.

Entrado ya en la treintena, y con serios problemas de sobrepeso que derivaban en frecuentes lesiones, el galés apuró sus últimos años como futbolista profesional en el West Bromwich Albion. Dos años hasta su definitiva retirada, en febrero de 2008, hace ahora cuatro años. Alejado de los terrenos de juego, el destino le esperaba a la vuelta de la esquina con una terrible experiencia.

En julio de 2009 John Hartson recibía una de las peores noticias que hoy en día pueden recibirse tras un chequeo médico. El delantero galés fue diagnosticado de cáncer testicular. La enfermedad, descubierta con retraso, se había extendido a otras zonas de su cuerpo. El propio John reconocería meses después que la culpa fue únicamente suya. No fue maduro para afrontar una noticia que ya se temía. El tratamiento de choque con quimioterapia no podía posponerse ni una semana.

Un día, en mitad del tratamiento, estaba jugando en la piscina con mis niños. Fue entonces cuando pensé que quería vivir‘. Así de crudo, pero a la vez vital, se muestra Hartson, meses después de conocer que su cuerpo había reaccionado positivamente al durísimo tratamiento al que hubo de ser sometido. Hoy, ya sin rastro de la terrible enfermedad, que se había llegado a extender incluso hasta el cerebro o los pulmones, en su cuerpo, la imagen de un John Hartson sereno y feliz es muy diferente de la que nos brindara sobre el césped años atrás. Su ansia vital, unida al pundonor exhibido siempre en el terreno de juego y felizmente extrapolado a su lucha contra el cáncer, fue su mejor aliada. Por suerte, la historia esta vez tuvo un final feliz.