The Wire: la excepción ACAB

Llega una nueva colaboración de O Rapaz. En esta ocasión para hablarnos sobre The Wire pero sin spoilers, así que pasen y lean tranquilamente…

The-WireNo es este el mejor lugar para reivindicar el papel de los maderos, y desde luego que tampoco es esa la intención de este artículo. En el estado español y en lo que a antidisturbios se refiere, personalmente todo lo que puedo decir sobre ellos es negativo. Tampoco defenderé aquí las típicas series o películas policíacas en las que se presenta un mundo ideal en el que la policía es una maquinaria perfectamente lubricada (porras al margen…) y repleta de héroes que se dedican a eliminar el mal de una manera brillante. El mundo es mucho más feo que eso. La realidad es otra cosa y sobre eso va The Wire, una de las mejores series que se ha paseado por nuestras pantallas en los últimos años, y de las pocas que permiten empatizar sin complejos con la policía.

Ahora que ha finalizado la también recomendable Breaking Bad, y que aún lloramos la pérdida real del protagonista de Los Soprano (DEP el gran James Gandolfini) vamos a hablar un poco de The Wire, porque nos gusta ir a contracorriente.

Antes de nada, para despistados o perezosos que no quieran echarle un ojo a la Wikipedia, aclarar que la serie ya tiene sus añitos: se emitió en el canal americano HBO entre 2002 y 2008. A lo largo de sus cinco temporadas vamos conociendo los entresijos de la poco tranquila ciudad de Baltimore. El hilo conductor siempre son las diferentes operaciones que el departamento especial de policía tiene que llevar a cabo, pero gracias a ellos también metemos la cabeza de lleno en las peores zonas del narcotráfico, en el puerto, en el ayuntamiento y sus despachos satélite, en la escuela o en la redacción del periódico principal de la ciudad. Hasta aquí, todo “normal”. Podríamos decir lo mismo de mil series y películas americanas estándar que tratan esta temática.

The-Wire-BlueLa diferencia, lo que hace grande a The Wire, es que aquí no hay grandes explosiones, hay algún disparo inmerecido entre chavales negros del barrio. En The Wire no hay héroes vestidos de uniforme, hay maderos vagos que intentan poner trabas a los pocos maderos honestos de la comisaría “para que no revuelvan mucho las cosas”. No hay sargentos impolutos con grandes discursos éticos, sino jefes que a menudo no quieren mojarse el culo para pescar peces pero que a veces están tan hasta los huevos de los mandos superiores que son capaces de hacer algo bien tan sólo para joderles.

Tampoco hay grandes persecuciones policiales en coche, claro, porque lo que hay son papeleos aburridos para conseguir una mísera escucha telefónica en el que se supone que es el país más avanzado del mundo. Y hay “malos buenos”, tanto de uniforme (ese teniente borracho y mujeriego llamado McNulty siempre en el recuerdo) como con gorras para atrás, cadenas de oro y pantalones anchos (como el gran Omar Little, esa especie de Robin Hood de los barrios).

Y la cosa no varía mucho si cambiamos los uniformes por los trajes caros de los políticos, o los barrios de negratas por las oficinas de los sindicatos del puerto, o de la escuela. Hay muchos

políticos corruptos por vocación y otros que se corrompen a la fuerza, profesores que valen la pena, sindicalistas mangantes, etc. Siempre con la verdad por delante, sin aditivos, sin endulzar. Sin decirte si algo es bueno o malo, blanco o negro, sino simplemente mostrándote que también hay grises e invitándote a pensar.

En The Wire se ven las costuras, se ve la mierda que ensucia la ciudad de Baltimore a todos los niveles, en todos los estamentos. Y Baltimore no es más que un símbolo del sistema actual en el que vivimos en muchos países occidentales. La serie no puede ser más honesta en ese sentido (no deja de ser una anécdota curiosa que algunos personajes secundarios sean interpretados por actores no profesionales que simplemente se interpretan a sí mismos). Si no te gusta lo que ves, es que no te gusta la sociedad en la que vives. Es lo que hay.

A menudo la gente que deja la serie al poco de empezarla (algo bastante habitual) suele criticar que es lenta, que no es entretenida, que es deprimente, etc. ¡Pues bienvenidos al mundo real, chavales! Si lo preferís podéis seguir viendo CSI y pensar que “los buenos” siempre ganan, que todo es rápido, bonito y sencillo, que todo funciona bien ahí fuera en EE.UU. o en Europa…

Se podrían escribir libros enteros sobre esta serie, la verdad. Sobre todo si entramos a valorar la calidad de sus guiones, la forma en la que está rodada, el estado de gracia de sus actores, etc. No lo haremos ni aquí ni ahora, pero que sirva de ejemplo y de homenaje la secuencia final de la cuarta temporada, con un montaje realmente cojonudo y (por si fuese poco) con Paul Weller sonando de fondo:

O Rapaz

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