Aparcar en Turín

“El Cerci rebelde. El Cerci arrogante. El Cerci que solo piensa en coches guapos… Soy un tío sencillo. No bebo, no fumo, no me voy de putas”  Después de darle el pésame por presumir de costumbres lamentables le recordaría a Alessio Cerci que olvida una cara suya en el lloriqueo: el genio desnortado por el que la Fiorentina malgastó 4 millones de euros. Luego me tomaría una a su salud para celebrar que  le va de maravilla en el Torino. Es lo mínimo que puede hacer cualquiera con un poco de sensibilidad por las historias de futbolistas golfos, difíciles, anómalos y enormes. Los que merecen cuatro líneas.  El ciclo de información sobre este señor funcionaba así no hace demasiado: cuatro ramalazos de clase de vez en cuando, algarada y justificaciones ante los micrófonos. Un mes tras otro. La carrera de Cerci se enmarañaba como sus rizos teñidos sobre la gomita del pelo. A los veintipico no conseguía escapar  de la corriente perversa que un día te vomita en la alcantarilla de la B. O peor, te convierte en un viejo arrogante que se conforma con meter unos pocos zurdazos en algún histórico del infrafútbol italiano. Quizá hubiera vuelto a Pisa para que los cuatro gatos que van al campo le abronacasen no seguir la jugada. No ocurrirá porque el temporadón que se está marcando en el Torino actuará como ancla.

 

Cerci, cantera del 87 en la Roma con una vida de cesiones y encontronazos en la mochila, ha hecho ocho goles en once partidos. Sin ser un killer nato estamos hablamos del mejor de Italia en la materia si no concursara Rossi. Giampiero Ventura le ha acercado al área y la respuesta de este extremo zurdo, pero que juega por la derecha un poquitín a lo Piero Fanna, se ha traducido en felicidad a porrillo para una hinchada acostumbrada al bostezo. Meroni y Lentini comienzan a aparecer en el imaginario.  El entrenador del Torino conoce al personaje desde que rozaron juntos el ascenso a Primera con el Pisa en 2007 y le mima como solo en un equipo pequeño se puede atender a los genios indolentes. En el Toro todos los balones son para que los corra el 11. Hay confianza y esto deriva en la sartenada de regates preciosos, carreras y goles fabricados con asombrosa suficiencia que ha despachado Cerci en estas dos últimas temporadas. Especialmente en el arranque de la presente.  Cuando jugaba en Florencia aparcó el Maserati en un lugar reservado a la policía cerca de Ponte Vecchio y se fue a comer el spaghetti. Dice la leyenda que ante la insistencia del agente invitándole a corregir su falta accedió, pero añadiendo que solo movería el bólido una vez hubiera terminado la comida. Sin despeinarse. En aquella época de indolencia y desaires se le vió pagando al club por cantarle las cuarenta a Mihajlovic (poca broma) o echando mierda sobre sus compañeros en las redes sociales con la ayuda de su novia (ejemplo de esa infantería borrega que forman las agraviadas enamoradas de futbolista). Ahora marca el empate que sirve para frenar de una vez por todas a la Roma histórica de Rudi García, cuenta para Prandelli en la absoluta y es uno de los jugadores más divertidos de ver en toda la Serie A. Incluso levanta comparaciones con Robben , exageradas eso sí, en algún tertuliano voceras. No es para tanto pero se puede decir que definitivamente Cerci ha aparcado.

Sergio Cortina

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