CRISIS, NEOLIBERALISMO Y PUNK (I): INGLATERRA.

Lo que os traigo hoy al blog viene a colación de una de mis debilidades personales musicales: el punk. En realidad, intentaré utilizar el movimiento punk en Inglaterra, y centrándome en Euskadi para el caso del estado, como vehículo o elemento en relación para contaros una historia que viene de atrás y que resulta esencial para comprender el tremendo desarrollo de la cultura juvenil en las décadas de los 70 y los 80. En este artículo os hablaré de historia, de política, de lucha de clases, de cultura (y contracultura) y también de música. ¡Espero no aburriros demasiado!

No resulta algo casual que la explosión punk tuviese lugar en Inglaterra. Este país vivió una de las más fuertes ondas de conflictividad social durante la crisis de 1973, conocida como la primera crisis del petróleo, hasta el punto de ser uno de los países europeos donde los problemas de gobernabilidad política se agudizaron hasta poner en jaque al establishment político. Ejemplo de ello son las tensísimas huelgas, especialmente las de mineros, que pusieron al país al borde de la ruptura con su pasado político y se cobraron varios gobiernos laboristas que fueron incapaces de controlar las revueltas.

Esta crisis se interpretó como una crisis del aparato industrial que había sostenido las sociedades de la modernidad y muy especialmente el proceso de crecimiento de las tres décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial. Todo el proceso de reajuste de las economías capitalistas, basado en un desmantelamiento de la plataforma industrial, se alejó mucho de estar dirigido por una racionalidad económica neutra y se pareció más a un ajuste de cuentas político y territorial. A través del desmantelamiento industrial, en realidad lo que se hizo fue destruir el poder de las clases trabajadoras para someterlas a esa forma de control político permanente: el desempleo.

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La escasez de combustible derivó en problemas para encontrar gasolina, pagada además a precios más altos, lo que provocó también muchos robos de coches desprotegidos. Este padre e hijo de Portland, Oregón, advertían a los ladrones de las posibles consecuencias: “Ladrones de gasolina tened cuidado, estamos preparados”. Abril de 1974.

 

El norte de Inglaterra, el noroeste de Francia, Michigan, Pennsylvania, eran lugares en los que las clases trabajadoras se habían sumado a los niveles de consumo, de acceso a la propiedad e incluso de influencia política de las clases medias, eran algunas de las regiones clásicas de la reconversión industrial. En España no hubo un pacto social semejante, sino una aniquilación por parte del régimen franquista de cualquier organización política medianamente autónoma, este proceso se comprimió en unos pocos años y tuvo un desenlace poco menos que explosivo. La fuerza de las exclusiones políticas, sociales y culturales que efectuaron los pactos de la Transición se apoyó en ese proceso de crisis y golpeó de lleno a territorios enteros, mientras en otros barrios y ciudades se celebraba la llegada de la “democracia”.

Los cinturones periféricos de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, además de otros lugares como Euskadi y Asturias, recibieron el durísimo golpe de la reconversión industrial que condenaba al paro y a la pérdida de expectativas vitales a generaciones enteras. No debemos olvidar que estos fueron algunos de los núcleos centrales de las luchas tardofranquistas, luchas tanto obreras como fuertes revueltas urbanas y vecinales en pro de conseguir una vida con espacios y equipamientos decentes. En todos estos espacios sociales, la reconversión industrial supuso la aniquilación de toda una cultura, que poseía un importante elemento de contestación política, y la aparición del paro de masas. Como consecuencia de estos dos factores, como ya he señalado, la pérdida de expectativas vitales por parte de generaciones enteras que, en no pocos casos, prefirieron la implosión social y el suicidio a largo plazo en forma de consumo de heroína.

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“No caer en su juego” reza esta caricatura de las organizaciones Jarrai y KAS (Koordinadora Abertzale Sozialista) en referencia al control de la lucha juvenil vasca por parte del Estado mediante la introducción de la heroína.

 

Esto de la reconversión industrial, y en concreto los conflictos políticos derivados de la crisis de 73, seguramente os parecerá un rollo sacado de los libros de historia, pero son procesos realmente importantes para entender el desarrollo de la cultura popular europea y americana. Aunque pueda parecer paradójico, todo lo que tuvo de destructiva social y políticamente la salida neoliberal de la crisis de 1973, lo tuvo de productiva culturalmente. Los años de expansión del Estado de bienestar, conocidos como los años dorados del capitalismo o los “treinta gloriosos” (1945-73), trajeron un tipo de movilización social en la que la cultura tuvo un papel central, particularmente en las subculturas juveniles. Ejemplo de esto fue la contracultura de los años sesenta, que confió en elementos como la música, el cine o el cómic como vehículos de transmisión de un mensaje subversivo que aspiraba a modificar todas las instituciones formales e informales de la sociedad.

Sin embargo, en el momento en que la crisis del 73 golpeó a las sociedades capitalistas, la contracultura se había convertido en un vehículo demasiado pesado, lleno de convencionalismos e ineficaz para la expresión política. La última fase del hippismo había incitado a un alejamiento de la música como vehículo de expresión popular. En el caso del rock, demasiada instrumentalización profesional, grandes montajes y desarrollos conceptuales demasiado estériles. En definitiva, la contracultura se había vuelto demasiado hacia sí misma, olvidando el combate político y social surgido en el 68. Recuperando los aspectos más directos del espíritu de mayo del 68, el punk fue la respuesta cultural a los rasgos socialmente más destructivos de la crisis. En este sentido, el punk puso la inmediatez y el poder contestatario de la música por encima de cualquier otra manifestación artística, un posicionamiento radical en respuesta a una necesidad de “decir cosas”, en un momento de inestabilidad social y política, y a un exceso de institucionalización de la cultura, que impedía expresiones espontáneas.

(Actuación de los Who en el famoso festival de Woodstock en 1969, evento que significó la culminación de la generación hippie estadounidense que pregonaba la paz y el amor como forma de vida.)

En el caso de Inglaterra, volviendo un poco a los que decía al principio del artículo, en los años setenta se planteó un fuerte conflicto entre la población y el poder económico capitalista traducido en un fuerte crecimiento de la inflación y, como respuesta, un ataque a los trabajadores del nutrido sector público que, para triunfar, necesitaba algo más que la continuidad de la “política de bienestar” practicada hasta entonces. Esta contradicción desbancó a los gobiernos laboristas del poder, el envite fue aceptado por el neoconservadurismo de Margaret Thatcher, quien planteó una guerra social abierta en la que una revolución cultural total (más bien contrarrevolución) fue una de sus batallas. Thatcher y los suyos sacaron adelante una serie de imágenes culturales que recubrían un programa económico que favorecía a los más ricos. El punto central del thatcherismo era la ruptura de cualquier tipo de sentimiento de vinculación entre clases sociales. El mensaje era muy claro: “No hay ningún tipo de obligación hacia los pobres. El que es pobre es porque se lo merece. No hay ningún motivo para mirar hacia los que vienen por detrás”. Lo público o lo colectivo se pusieron en el punto de mira de la Dama de Hierro. Esta ideología individualista liberal clásica fue clave para garantizar algunas victorias fundamentales a Thatcher, como la de la huelga de mineros en 1984, pero aunque supuso una fuerte ruptura, los cambios y algunos de los recortes más brutales vinieron con el nuevo laborismo de Tony Blair. Como dijo la propia Margaret Thatcher: “Mi mayor victoria es Tony Blair”.

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Los enfrentamientos en Orgreave Coking Works, cerca de Sheffield, se convirtieron en un momento clave en la huelga de mineros ingleses de 1984-85.

 

Desde el aspecto cultural, que es el que más nos interesa, vino buena parte de la resistencia a esa guerra social, concretamente desde la cultura juvenil británica. Ésta se compone de un singular artefacto cultural resultado de diversos elementos estrechamente vinculados a la historia de la Pérfida Albión: por un lado, de una cultura de clase obrera (recomendable leer a Raymond Williams y E. P. Thompson) con más de doscientos años de expresiones culturales autónomas (prensa, literatura, música, teatro); por otro lado la New Left, corriente renovadora de izquierdas en los sesenta, que enlazó esta tradición con la emergente cultura juvenil estadounidense y apostó por el rock and roll y la contracultura como formas artísticas y culturales de la revolución del 68.

En estos años, además, la cultura juvenil británica encontró su fuente más importante de inspiración: las colonias del Imperio. Hablando de música a todos nos viene a la mente Jamaica, donde tampoco se vivía un clima de paz social ni mucho menos. La mayor de las West Indies, a través de su vibrante escena musical entonces, y después foco de constante innovación, determinó la personalidad de muchas subculturas inglesas. Ritmos como el ska y el rocksteady en los sesenta, el reggae en los setenta, y también el dub, fueron los latidos que motivaron a los chavales de aquellos años, ya fuesen mods, skinheads, punks o afterpunks.

(Simmer Down fue el primer single publicado por los Wailers a finales de 1963, con músicos de los Skatalities y la producción de Coxsone Dodd. Fue número uno en Jamaica en 1964. La canción estaba dirigida a los rude boys o jóvenes pandilleros de Kingston, instándoles a calmarse, a bajar la temperatura, en una época de creciente violencia en el país. En el vídeo, el conocido deejay jamaicano King Stitt escoge este tema durante una sesión en el Sir Coxsone’s Downbeat, sound system y negocio del productor.)

Margaret Thatcher, con su programa contrarrevolucionario, atacó de manera frontal a todos los pilares de esta cultura juvenil. Guerra contra la cultura obrera y la nueva izquierda, nacionalismo contra los inmigrantes de las colonias y su marginación en guetos sociales y urbanos, y un ataque a todos los soportes del sistema público de bienestar. Por ello, no resulta extraño que la cultura juvenil británica reaccionase en bloque contra Thatcher, dotando al movimiento de un nuevo impulso estético al que conocemos como punk. No quiero decir que el punk fuese una ruptura total con todo lo anterior, no resulta algo tan simple y no se puede reducir a un grito antithatcheriano único, las subculturas juveniles británicas de los sesenta (mods, skinheads, hippies) eran demasiado poderosas como para subestimar su papel. Pero si hablamos de punk en sentido amplio, más allá de su elemento estético y su fenómeno musical, el cual se extendió hacia géneros posteriores (el postpunk, el primer indie o diferentes hibridaciones con la música de baile), podemos entenderlo como un conjunto de expresiones artísticas y políticas al margen de la música. Una amalgama de elementos directamente relacionados con la era liberal (desempleo, desaparición de trayectorias sociales), junto con otros heredados de la revuelta contracultural (crítica del exceso de institucionalización y elogio de la inmediatez, crítica del aburrimiento y el hastío que generaba la seguridad).

Punks en Kings Road, en el barrio de Chelsea, Londres, en 1982.

Punks en Kings Road, en el barrio de Chelsea, Londres, en 1982.

Jóvenes skinheads pasean delante de un grupo de hippies en Piccadilly Circus, Londres, hacia 1969.

Jóvenes skinheads pasean delante de un grupo de hippies en Piccadilly Circus, Londres, hacia 1969.

A pesar de que el punk perdiese a corto plazo la batalla por la hegemonía cultural, entre otras cosas porque las derrotas en el plano político fueron muy sonadas, sí que contribuyó a definir una nueva relación entre música popular y política que, al cabo de los años, se tradujo en importantes cambios. Concretamente se fue abandonando la idea de música de protesta o denuncia representada fundamentalmente entonces por los cantautores, para extender una visión de la música como un contenido expresivo mucho más inmediato y explícito. Por otra parte, y esto es algo importante, a través del punk se empezó a entender la música como una expresión más allá de la letra, ahora incluía una variedad de actividades a las que dotar de sentido político: creación de sellos independientes, escritura de fanzines, diseño de canales propios de distribución y realización de conciertos, etc. De estas ideas surgió una visión de la música política como un canal de “hacer cosas” y ya no tanto de “decir cosas”, lo que fue clave para la formación de nuevas comunidades, en las que la juventud cobró mucha fuerza y que surgieron de los restos de esa guerra neoliberal contra las relaciones sociales.

(Actuación de los Clash en el Victoria Park, Londres, el 30 de abril de 1978. El concierto, precedido por una manifestación que partió de Trafalgar Square, fue de las primeras actividades organizadas por la Anti Nazi League en respuesta a las deplorables declaraciones y acciones racistas que el National Front y sus partidarios venían desarrollando en esos años.)

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Voice Of The People

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