CRISIS, NEOLIBERALISMO Y PUNK (II): EUSKAL HERRIA

Continuamos con la segunda parte del artículo, en este caso no vamos a cruzar el Cantábrico. Para este segundo episodio nos vamos a quedar justo en la orilla, en el territorio de Euskal Herria, por dos razones principales. Primero porque se trata de una región muy significativa en relación al desarrollo de su historia política, social y cultural en las últimas décadas; y segundo porque, influida por esa coyuntura, fue escenario del nacimiento de un movimiento (y un sonido) punk, que en muchos sentidos fue pionero en España y que, como es lógico, sino no estaría escribiendo esto, ocupa gran parte de mis estanterías. Para no dar lugar a confusiones, entiéndase el concepto Euskal Herria (tierra de los vascos) en su dimensión original, la cultural, para referirse a un territorio con unos rasgos culturales bien definidos, por encima de las fronteras y realidades políticas y de las diferencias históricas. Mi intención es satisfacer a los apasionados del género como yo, entretener a los menos apasionados e informar y seducir a los que no tengan ni idea de qué va la historia.
Durante la década de los sesenta se fue desarrollando en España un proceso con rasgos revolucionarios que tuvo uno de sus orígenes en una serie de huelgas mineras e industriales, especialmente fuertes en Asturias y también con gran repercusión en el País Vasco. Las entonces ilegales Comisiones Obreras incitaron el conflicto por la negociación colectiva en algunas de las mayores empresas de Euskadi como la CAF de Beasain, La Naval de Vizcaya, o las luchas en los Altos Hornos de Vizcaya que movilizaron a más de 35.000 trabajadores. Por otro lado, el movimiento nacionalista vasco acordó, en la II Asamblea de ETA (1963) en Capbreton, declararse abiertamente socialista, lo que chocaba con la inspiración católica y conservadora de sus inicios, y que inició un espacio político antagonista y una tensión permanente a la que se fueron sumando muchos elementos durante décadas.
Este ciclo de luchas obreras y sociales fue en aumento durante la década siguiente en todo el Estado y también en Euskal Herria, donde las luchas a pie de fábrica lograron grandes victorias. Además, el conflicto se trasladó de las fábricas a las calles ganando repercusión. Ejemplos de estas luchas urbanas son las huelgas de Pamplona en 1973 y 1975, y mención especial para las huelgas de Vitoria en 1976, claro ejemplo de cómo un conflicto obrero se transformó en un conflicto urbano.

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(La huelga de los trabajadores en Vitoria se extendió por toda la ciudad y terminó con un asalto de la policía franquista, entonces dirigida por Manuel Fraga, a una iglesia en la que los obreros se habían refugiado para celebrar una asamblea. La carga se saldó con cinco muertos.)

En este ambiente de creciente movilización, el movimiento nacionalista vasco no dejaba de crecer y también de escindirse en torno a la cuestión de dar prioridad a la lucha por la liberación nacional o a las luchas obreras. A esta polaridad se añadía otra que oscilaba entre adoptar la estrategia de la lucha armada o las alianzas con otros sectores de izquierda. En la IV Asamblea de ETA en 1965 se perfilaron tres sectores con sus respectivos líderes: los etnolingüistas de Txilardegui, el sector más puramente nacionalista; los tercermundistas de José Luis Zabilde, nacionalistas partidarios de la alianza con las luchas de descolonización en el Tercer Mundo frente a las potencias occidentales; y los obreristas de Patxi Iturrioz, de ideología comunista, que supeditaban la liberación nacional a los intereses de clase. En la V Asamblea (1966-67) los dos sectores nacionalistas se enfrentaron a los obreristas acusándoles de “españolistas” por priorizar las luchas obreras sobre la independencia. Éstos últimos se escindieron como ETA-Berri y posteriormente como Movimiento Comunista. En 1968 ETA se cobró su primera víctima y a los dos meses cometió su primer atentado premeditado, el del comisario jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa y símbolo de la represión franquista Melitón Manzanas. Cinco años más tarde ETA hizo volar por los aires al almirante Luis Carrero Blanco en el atentado más sonado de su historia y, sin duda, el más celebrado.

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Pero lo cierto es que, aunque en todo el Estado creció la conflictividad social durante esos años, en Euskal Herria la resistencia al franquismo fue especialmente intensa. Esto se explica en la peculiar mezcla de la intensidad en las luchas obreras y del calado del nacionalismo más allá de las clases medias acomodadas. La izquierda comunista que surgió en Euskal Herria poseía un grado de autonomía y de democracia interna alto, y sirvió de modelo en el resto del Estado. En este ambiente surgieron numerosas asociaciones de izquierda y una infinidad de tendencias plurales. Dicho esto, lo que sin duda diferenciaba la coyuntura política de Euskal Herria fue que los pactos de la Transición no sirvieron para apagar la movilización y el espíritu revolucionario. Como digo, el caso vasco es singular, basta recordar que el País Vasco fue el único territorio del país que rechazó la Constitución de 1978 y que dos años antes también había rechazado la Ley de Reforma Política. El panorama electoral tampoco se estabilizó, pues entre Herri Batasuna y Euzkadiko Ezkerra, dos formaciones de extrema izquierda, sumaban los mismos votos que el gobernante PNV. HB y EE eran los brazos ideológicos de las dos ramas de ETA salidas de su VI Asamblea, ETA militar y ETA político-militar respectivamente. La presencia política de ETA no paró de crecer durante esos años, en gran parte motivado por la torpe y brutal represión del Estado y la policía, quien entre 1974-75 mató a 27 personas e hirió a otras doscientas. En esta situación ETA se fraguó fuertes apoyos populares tanto en Euskal Herria como fuera de su territorio, al ser considerada como un mecanismo de defensa y contestación. A lo largo de los años, a medida que la represión aumentaba, tanto hacia miembros de ETA como de la izquierda abertzale y de movimientos sociales, llegando a su máximo con la campaña de atentados de los GAL contra refugiados vascos en Iparralde, ETA se presentó y supo explotar su imagen política, como la única vía de contestación a la violencia del Estado manifestada en forma de cacheos, detenciones, palizas y torturas. Mientras ETA mantuvo una política de selección cuidadosa de objetivos militares, los apoyos populares se mantuvieron.

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(La canción de Lluís Llach “Campanades a mort”, inspirada en los sucesos de Vitoria, sirvió de inspiración directa para “Hotel Monbar”, uno de los temas más emblemáticos de Kortatu. Fermín Muguruza escribió la letra en homenaje a las cuatro víctimas que se cobraron dos pistoleros de los GAL en el Hotel Monbar de Bayona en 1985, en lo que fue su atentado más sangriento. Este suceso marcó un cambio de registro político, estético y musical en Kortatu, además de un antes y un después en la vida de Fermín, que pasó del movimiento autónomo a un mayor compromiso con la izquierda abertzale.)

Otra de las singularidades de la situación de Euskal Herria en esos años, quizá la más interesante para este artículo, fue la auténtica explosión de diferentes movimientos sociales e iniciativas políticas de distinto tipo, ecologismo o feminismo son dos ejemplos de manifestaciones pioneras. En el caso del ecologismo destaca la lucha por el cierre de la central nuclear de Lemoiz, que obtuvo un apoyo social masivo y generó fuerte oposición de la sociedad vasca a la introducción de la energía nuclear. A la extensión de la movilización al resto del Estado contribuyó la moratoria nuclear decretada por el PSOE en 1984. Con el feminismo sucedió algo similar, sobre todo a raíz de las protestas por el llamado “juicio de las once”, que lograron la absolución de varias mujeres y hombres por practicar abortos. Al mismo tiempo, este movimiento incipiente se iba desarrollando: se ampliaron las asociaciones vecinales y las asambleas obreras, surgieron los objetores de conciencia y los comités antimilitaristas, numerosos organismos de defensa y promoción del euskera, grupos de liberación sexual (EHGAM), grupos internacionalistas y brigadistas, infinidad de iniciativas culturales como las primeras radios libres (Osina, Paraíso, Satorra); se ocuparon los locales de la OJE como antecedente de los gaztetxes de los ochenta, se celebraron en 1978 en Bilbao las primeras fiestas populares y participativas en medio de una efervescencia de grupos juveniles, se autoorganizaron grupos que cuestionaban la introducción masiva de heroína… Sin duda un caldo de cultivo que hizo emerger los primeros grupos de rock y punk vascos, este magma político y social es en el que se desarrolla y crece el movimiento punk junto con otras expresiones culturales juveniles.
En Euskal Herria, desde el comienzo de los años ochenta, tuvo lugar una auténtica rebelión punk, en ese sentido amplio al que me refería en la primera parte del artículo. Después de su nacimiento en Inglaterra bajo una peculiar suma de condiciones sociales y políticas, la onda punk se propagó al mundo. Cruzó el charco y llegó a EE.UU., donde se encuentran las raíces musicales del movimiento, convirtiéndose en otro tipo de rebelión cultural a mayor velocidad: el hardcore. Una rebelión que pegó especialmente en la apacible y paradisiaca California, de corte menos obrero que en Inglaterra, pero de similar repercusión, tanto en los aspectos creativo y estético como en términos de iniciativas autogestionadas e independientes. El punk también se extendió al viejo continente, especialmente a Alemania, donde explotó desde principios de los ochenta ya mezclado con los aires oscuros del after punk y la cultura industrial. A Francia llegó con más retraso pero igualmente pegó con mucha fuerza.

(Como ejemplo Dead Kennedys, la icónica y controvertida banda de hardcore punk estadounidense, que a finales de 1981 publicaban el EP In God We Trust, Inc. (en el que incluyeron el tema Nazi Punks Fuck Off). El disco contiene numerosos temas en los que se atacaba a la derecha religiosa estadounidense.)

En España, ya a la altura de 1978, la referencia underground era la Movida madrileña, la cual compartía con el punk inglés más rasgos estilísticos superficiales que contextos culturales y políticos. El ambiente de libertad que tanto ha celebrado la Movida, de superación del oscurantismo franquista, casa mal con la insurgencia punk que no dejaba de mostrar su disgusto y disconformidad con la realidad social y política. En relación a esto, no resulta complicado explicar los apoyos a la Movida por parte de la alcaldía socialista de Madrid, y después del Gobierno, deseosos de marcar diferencias visibles con el anterior régimen. La opinión de muchos grupos vascos sobre la Movida es unánime: “estaba subvencionada”. En el fondo, la Movida madrileña como movimiento cultural tiende a caer en el ámbito de ese pacto cultural llamado Cultura de Transición.
Sin embargo, el punk vasco fue heredero directo y continuación de ese proceso que he explicado antes y al que podemos llamar “revolución vasca”, de toda una oleada de creatividad política y experimentación democrática y autogestionaria. A medida que avanzaba la década de los ochenta, se revolvió contra unas condiciones sociales, económicas y políticas cada vez más duras. Un panorama político poco a poco sometido a la represión del Estado y a la violencia de ETA, exacerbadas con el plan Zona Especial Norte (ZEN) de 1983 y la guerra sucia de los GAL. El panorama socioeconómico pasaba por la reciente reconversión industrial y la derrota de las luchas obreras de los setenta expresadas en el paro de masas. Vemos así paralelismos bastante claros entre la situación inglesa y la vasca, con la diferencia de que en Euskadi no existía una cultura juvenil con décadas de actividad, sino una cultura antagonista preparada para contagiarse por el punk. Como se sabe, el punk lucha contra las expresiones autoritarias y el panorama político en Euskal Herria era lo suficientemente antiautoritario y plural como para incorporar las expresiones culturales del punk a su escena.

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(Un grupo de amigos posa amogollonados en el camerino del club Markee, tras un concierto de Alaska y los Pegamoides, uno de los grupos más populares de la movida madrileña.)

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(Concierto en el Rock Ola en 1984. Esta sala fue uno de los centros neurálgicos de la Movida madrileña entre 1981 y 1985. Entre sus muros actuaron en directo la práctica totalidad de los grupos de ese movimiento, así como otros artistas nacionales e internacionales, entre ellos New Order.)
El punk vasco surgió como ruptura abierta con los modelos de canción protesta que dominaron los primeros años de la Transición, los cantautores. Los Aute, Paco Ibáñez, Lluis Llach o Raimon, y sobre todo los vascos Mikel Laboa, Imanol o Urko. En este rechazo iba implícita una reivindicación de la fiesta, lo lúdico como una dimensión más de la cultura antagonista siguiendo esa transición de lo político en la música como “algo que se dice” a “algo que se hace. Un gesto que tenía especial importancia en un contexto en el que la represión, la tortura y el asesinato de militantes era moneda corriente. Esta defensa de la fiesta y la celebración se recogió en Euskal Herria mediante la incorporación, vía Inglaterra, de la herencia jamaicana que, como buena música afrodescendiente, veía la fiesta como una ocasión ritualizada para la construcción de comunidades. La demanda de una Euskal Herria “tropical” resumía este tipo de actitud del movimiento juvenil, autónomo y urbano que emergió a partir de la segunda mitad de los ochenta en el País Vasco.
Desde los primeros años ochenta empezaron a surgir bandas vascas una detrás de otra. Zarama, activos desde 1977, fueron pioneros en el punk rock vasco, además cantado en euskera. A partir de ahí, una multitud de grupos se formaron al calor de distintos festivales y de publicaciones de maquetas y ediciones compartidas. Entre 1984 y 1985 se publicaron los primeros discos de los grupos más importantes del nuevo movimiento. Los propios Zarama, los vitorianos Hertzainak, con un sonido más after punk, Kortatu desde Irún, Eskorbuto desde la muy castigada margen izquierda del Nervión o los vitorianos Cicatriz. Si entendemos el punk como autodestrucción y explosividad nihilista, los dos últimos grupos son los representantes más auténticos de esta visión, no sólo en Euskal Herria sino en toda Europa. A principios de los años noventa habían muerto de SIDA o sobredosis la mayoría de los miembros iniciales de ambas bandas, incluidos sus carismáticos vocalistas Natxo Cicatriz y Iosu Expósito. Eso sí, en ese breve período Eskorbuto tuvo tiempo de grabar muchos himnos atemporales que no han parado de ganar reconocimiento y Cicatriz de grabar su obra maestra Inadaptados.

También en 1984 La Polla Records publicó su primer LP Salve, un caso especial el de esta banda en el punk vasco por su estabilidad y longevidad, siguieron girando hasta 2003. También destaca en términos estilísticos por el marcado tono y carisma de un letrista sobresaliente, Evaristo Páramos, capaz de un registro político, ácido y afilado completamente personal, quizá comparable al de Jello Biafra de los Dead Kennedys. Otra banda importante fueron los mondragoneses RIP, que compartieron con Eskorbuto el LP Zona Especial Norte, y donde ya se anticiparon algunos sonidos más cercanos al hardcore que pronto desarrollarían grupos como BAP!!

Como decía en el caso del punk británico, el significado político de la música se fue trasladando desde el “decir” al “hacer” como parte de una práctica comunitaria más amplia. En este caso, la emergencia del punk vasco fue quizá la parte más visible de todo un movimiento juvenil, autogestionado y cercano a los parámetros de la autonomía. En estos años se desató una auténtica oleada de ocupaciones, gaztetxes, nacimiento de radios libres y fanzines. Desde luego, resulta harto difícil entender el impacto de la música sin tener en cuenta todo este despliegue de nuevos medios independientes de distribución, difusión y comunicación. Así como no se puede comprender el movimiento punk sin atender a la simultaneidad de lo cultural, lo social y lo político.
Difusión del movimiento a través de una red de gaztetxes (casas de la juventud) que se extendió por toda Euskal Herria. Desde mediados de los setenta, sobre todo por iniciativa de grupos juveniles abertzales, se vino produciendo la ocupación de locales del Frente de Juventudes y de algunas parroquias. Después se fueron creando algunas Gazte Asanblea (asambleas juveniles) que buscaban espacios de ocio juvenil y ocupaban locales públicos abandonados y negociaban una cesión con los ayuntamientos. A mediados de los ochenta apareció un nuevo tipo de ocupación, muy influenciada por lo que se hacía en Italia y Berlín, que se concibió como un acto político antagonista, cuestionando la propiedad privada y la especulación. Desde estos términos se comenzaron a ocupar centros en las grandes ciudades, rechazando la negociación con los ayuntamientos intentando crear un conflicto con las instituciones. Fue mayoritariamente en este tipo de gaztetxes en los que los grupos de punk vasco actuaron y tuvieron sus locales de ensayo.

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(Concierto de Kortatu en un gaztetxe.)

La comunicación independiente y autogestionada encontró su catalizador en las radios libres y los fanzines. En marcha desde finales del franquismo, un puñado de radios libres, inspiradas en las italianas y francesas del 68, pusieron en marcha unas cuantas emisoras. Esta primera oleada de radios sufrió una represión brutal, con penas de cárcel para algunos de sus responsables; otros como los de la Radio Satorra de Tolosa fueron torturados en comisaría. A partir de 1983 surgen nuevas radios libres como Eguzki en Iruña, Kalaña en Bilbao, Zintzilik en Oreteta, Kaka Flash en Azpeitia y Hala Bedi en Gasteiz. Algunas de éstas duraron bastante, otras resultaron fugaces, pero fueron fundamentales para el estallido de las radios libres en 1986, cuando la escena cogió verdadera fuerza. El entramado local organizativo de este período permitió que las radios se extendieran por toda Euskal Herria, financiándose mediante suscripción popular o con conciertos de los mismos grupos de punk vasco que sonaban en sus ondas. En cuanto a los fanzines, a medida que Egin reducía la pluralidad de sus inicios y se convertía en un periódico de partido, quedó un espacio para la información a pie de calle que ocuparon centenas de iniciativas fanzineras. Destruye!!! en Donostia y Resiste en Gasteiz fueron dos de los primeros proyectos en ponerse en marcha, el segundo nació del silencio del asesinato de cuatro militantes autónomos en el puerto de Pasaia en 1984. Resiste pasó de 250 copias, con la leyenda “No hay dinero para muchos números: hazlo circular”, a 3000 copias con una edición íntegra en castellano y otra en euskera. Fanzines locales como Porrot de Eibar, fanzines especializados como Barrutik, centrado en la realidad de los presos en las cárceles, u otros muchos fanzines políticos. En el ámbito musical el referente fue Muskaria, que incluía entrevistas con todos los grupos de punk del norte y además fue cantera del periodismo musical vasco.
La apuesta política más ambiciosa, de mayor repercusión y éxito de esta época y este contexto fue el movimiento por la insumisión. Este movimiento no se redujo ni mucho menos al ámbito vasco, pero sí tuvo allí uno de sus principales focos y creció en plena convivencia con los movimientos sociales y culturales explicados. El Movimiento por la Objeción de Conciencia fue el colectivo estatal encargado de promover el rechazo al servicio militar y después a la Prestación Social Sustitutoria introducida por el PSOE para gestionar la objeción de conciencia. El número de objetores de conciencia no paró de crecer en esos años y en 1989 comenzaron a llegar las condenas de cárcel a insumisos, en 1996 el número de insumisos presos alcanzó su máximo en 348. Debido a la aplastante popularidad de la causa insumisa, en 2001 el Gobierno de Aznar suspendió la obligatoriedad del servicio militar y al año siguiente se vio forzado a despenalizar la insumisión. En el ámbito vasco la insumisión tuvo que luchar contra las ideas de la izquierda independentista, que veía la mili como una ocasión de aprender el manejo de las armas, útil en la estrategia de enfrentamiento militar frente al poder español. Se cuestionaba el servicio al Ejército Español, pero no desde un punto de vista antimilitarista. Sin embargo, como pasó con muchas iniciativas, la popularidad de la insumisión en Euskal Herria fue tal que a la izquierda abertzale no le quedó más remedio que adoptarla como causa propia. Desde el punto de vista musical, la insumisión fue fuente de inspiración para muchos temas de grupos de punk vasco, entre ellos Soldados de Eskorbuto, Antimilitar de RIP y Moriréis como imbéciles de La Polla Records.

El último aspecto que quiero tratar en el artículo, sino no estaría completo, es explicar por encima el papel que jugaron las drogas en este movimiento juvenil. Por un lado, en los primeros ochenta se extendió en la escena punk de Euskal Herria el uso de las anfetaminas y, cuando éstas se ilegalizaron, del speed. También el consumo de cannabis apareció con fuerza en esos años. Punto y aparte merece el caso de la heroína, una droga que se introdujo en Euskal Herria a finales de los años setenta y que tuvo efectos devastadores sobre la juventud vasca causando un buen número de muertes, muchísima adicción y no pocas enfermedades derivadas de su consumo. En algunos lugares, como la margen izquierda del río Nervión en Bilbao, el consumo de heroína supuso una verdadera implosión social, con casi una generación entera desaparecida. Se calcula que a principios de los ochenta había la desorbitada cifra de 135.000 consumidores de heroína, de los que unos 10.000 eran adictos. Para hacernos una idea, Donosti, ciudad tradicionalmente burguesa, tenía los mismos yonquis que Nueva York. Como tradicionalmente se ha hecho en estos casos, no se tardó en echar la culpa al poder, y más concreto a los mandos policiales, de estar detrás de este desmovilizador repunte del consumo de heroína. La propia ETA difundió esta interpretación del problema tras descubrir adictos en sus filas e inició una campaña contra narcotraficantes y cómplices del tráfico de heroína. La izquierda abertzale mantuvo así una postura indiscriminada de rechazo a todas las drogas. De todas formas, aunque los efectos desmovilizadores de la heroína fueron evidentes, no se puede obviar que el caos generado por el hundimiento industrial, la irrupción del paro de masas y la interrupción de cualquier movilización social fueron factores importantes en las motivaciones para el consumo de heroína. Por otra parte, seguramente en el mundo de la música, y no sólo del punk vasco, fue donde más visibles fueron los efectos del caballo. Ya he dicho que Eskorbuto y Cicatriz perdieron a casi todos sus miembros originales (sólo queda vivo Paco Galán, batería de los de Santurtzi) debido a la heroína o enfermedades relacionadas, sobre todo SIDA, y muchos son los grupos que han perdido alguno de sus miembros por la misma causa.

(Declaraciones de Iosu Expósito, guitarrista y cantante de Eskorbuto, sobre sus contactos con la heroína.)

(Entrevista con el hermano y la madre de Natxo Etxebarrieta, cantante de Cicatriz, sobre los problemas de éste por su adicción a la heroína.)

A modo de conclusión, a principios de los noventa comenzó a haber problemas para la extensión de la creatividad del punk vasco, que había pasado por su mejor momento, y ya a mediados de la década quedó claro que la onda creativa había caído enormemente. Hay que recordar que muchos grupos de los primeros ochenta estuvieron a la vanguardia estética de lo que se hacía musicalmente en Europa y que, además, eran grupos con muchísimo calado popular y, por tanto, con una buena capacidad de comunicación y llegada. A partir de entonces los nuevos grupos vascos fueron o grupos de partido con una estética muy seguidista y poco interés musical, o apuestas musical y estéticamente muy interesantes pero sin repercusión política relevante. Desde luego que el asunto no es tan simple de explicar y habrá más causas, pero el medio creado en Euskal Herria fue perfecto, políticamente efervescente, con muchos elementos antiautoritarios y una cierta carga contracultural heredada, para hacer del punk un movimiento vivo y rebelde. La militarización creciente del contexto político vasco no pudo más que significar una pérdida de fuerza creativa. Y es que ya os he dicho que el punk se lleva muy mal con cualquier expresión autoritaria.

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