Paul Heaton, Valerón y el triste Dépor de los 80

Hace unos días un amigo me pasaba el enlace de este artículo publicado en la web losotros18. Original el nombre, que excluye a los dos equipos con los que  nos saturan día sí y día también en periódicos, televisión…

Me puse en contacto con ellos para pedirles permiso para publicarlo aquí, la respuesta muy amable por su parte fue que sí. Dicho artículo me llamo la atención por diversos motivos entrelazados, mi equipo, Valerón, Paul Heaton y las casualidades de la vida.

Paul Heaton, Valerón y el triste Dépor de los 80

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“La gente que sonrió hasta morir, que sonrió tanto que se olvidó de respirar; que incluso cuando sus hijos morían de hambre mantenían que la reina era encantadora”. Este viene a ser más o menos el estribillo de “The people who grinned themselves to death”. La canción da título al segundo disco de los ingleses Housemartins, editado en septiembre de 1987. Para la crítica un buen álbum. También para el público, por lo que obtuvo suficientes ventas como para alcanzar el número 9 en listas. Mientras, los tres singles que lo acompañaban se acomodaron en el Top 20. Uno de ellos, “Me and the farmer”, aún se puede escuchar en toda playlist actual que se precie sobre pop británico.

Sí, pop, los Housemartins facturaban “britpop” en las islas antes del Britpop, cuando la palabra “alternativo” comenzaba a tener sentido. Y lo hacían fenomenal aunque gloria, fama y posteridad estuviesen reservadas para los Smiths de Morrissey y Johnny Marr. Con “The people who grinned…” consolidaban una carrera discográfica iniciada el verano del año anterior con un magnífico álbum de futbolero título: “London 0 Hull 4”. La gente ansiaba melodías en tiempos sintéticos y de remanente punk y el citado debut y el single “Happy hour” se plantaban ambos en el puesto 3 de ventas. Al sello “indie” Go Discs -la escudería del grupo- no le quedó más remedio que rascarse el bolsillo para regalarles un disco de platino.

Eran imparables. Una semana antes de Navidad, otro siete pulgadas con una versión a cappella del “Caravan of love” de los Isley Brothers tomaba por asalto el número 1. Por imperativo extramusical fueron desalojados de ahí y el 25 de diciembre su lugar lo ocupó un resucitado, musicalmente hablando, Jackie Wilson. Sí, la industria antepuso su moral a las cifras de ventas: en algunos despachos no se veía con buenos ojos que en tan señalada fecha se radiase a tipos deseosos de “quemar mansiones con los ricos dentro”.

Y es que si bien la música del cuarteto afincado en Hull era un alegre compendio de pildorazos melódicos adornados con ramalazos soul y gospel, sus letras destilaban descaradamente canción protesta a borbotones. Una especie de pop contestatario cuyos estribillos hilaban fino para conjugar la palabra de Marx… y la palabra de Dios. Lucha de clases y esperanza. ¿Socialismo cristiano? Vale. El autor de dichas letras era (y es) Paul Heaton, por entonces un veinteañero entregado a la causa del rojerío, las cervezas y el fútbol. Esto último queda patente en el mentado título de su debut y, rebuscando un poco, en “The people who grinned…”. La hoja interior del disco incluye una foto de la banda en la que Paul sonríe con ¡un pin del Dépor en la solapa!

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Hoy en día a nadie extrañaría un posado con dicha insignia; pero estamos en 1987, los últimos tiempos de fútbol sentido, difíciles de imaginar en este siglo XXI de fútbol negocio, filosofía vacua y subasteo de camisetas. No sólo eso, hoy mismo un paseo por las redes sociales revela fans del Deportivo en los más insólitos puntos del globo terráqueo -léase Japón, Venezuela, Turquía o Australia-, pero en 1987 que un “guiri” luciese el escudo del club coruñés en la “pérfida Albión” va más allá del exotismo, es un caso de estudio. Lo explicaremos de manera sencilla para románticos: los ochenta molaron, menos los domingos en Riazor. En la historia deportivista ni esta década ni la anterior fueron prodigiosas precisamente, por lo que de exportar merchandising -si es que se sabía qué era eso- mejor ni hablamos.

Treinta años atrás el Real Club Deportivo de A Coruña estaba sumido en la “longa noite de pedra”; expresión que la literatura gallega refiere para los siglos oscuros de castigo y persecución del idioma propio y que la historiografía deportivista acuña para el peor periodo de la historia del centenario club. Un vagar ruinoso, muy sufrido, de arrastrarse durante casi dos décadas por la Segunda división española, incluyendo un par de fugaces visitas a los abismos de la Segunda B y Tercera. Entre 1973 y 1991 el Depor fue más que nunca el “Coruña”, así figuraba en los renglones bajos de las quinielas, casi el único medio que lo daba a conocer por el país adelante. Poco ayudaban tampoco unas crónicas que lunes tras lunes, mes a mes, año a año, espejaban un equipo anodino sin remedio. Normal que con el paso del tiempo el Deportivo fuese casi anónimo fuera de A Coruña; nadie recordaba al equipo subcampeón de Liga en 1950 o aquel que vio debutar a Amancio o Luis Suárez.

Entrados en los ochenta, la escasa parroquia deportivista que había superado el muermo setentero se desgastaba con un trasunto de temporadas finiquitadas entre frustraciones, gatillazos y sustos de campeonato. Sin ir más lejos, ese mismo 1987 el equipo coruñés se clasifica para un invento denominado “playoff” de ascenso en el que a la liga regular sucede otra liguilla para decidir quién sube a Primera. Y en el encuentro decisivo, contra el Celta en Riazor, un piscinazo fuera del área del celeste Alvelo es interpretado como penalti por el árbitro Díaz Vega y el brasileño Baltazar lo convierte en un 0-1 que deja a los blanquiazules con un palmo de narices. Y de regalo una batalla campal en toda regla en la grada de General -por entonces el único fondo de Riazor- entre aficionados de los dos equipos. Derrota, hostias como panes y ¡minutos en el Telediario! Que hablen de ti aunque sea mal, se suele decir.

Un año después el escenario es muy diferente. El equipo no levanta cabeza durante la temporada y la última jornada le coge con la necesidad de ganar sí o sí en Riazor para no bajar a Segunda B; perdón, para no desaparecer como club, pues el descenso implica la liquidación por una deuda inasumible. Durante 90 minutos el Dépor fue un cadáver ante su rival, un Racing de Santander que simplemente antepuso oficio. Pero como los partidos no duran 90 minutos, en el 92 un centro imposible del Chuchi Hidalgo llega al pie de Vicente Celeiro en el linde del área pequeña. No son segundos, son décimas; con la defensa desprevenida Vicente solventa colándola al palo corto sorprendiendo al meta Alba a media salida. Gol. Salvación. Locura. Resurrección. El delantero regala cuerpo, alma y camiseta a la “curva máxica”; atrás quedan un recogepelotas traumatizado y el racinguista Mauri, que esboza una sonrisa que habla por sí sola de otro fútbol y otros valores hoy perdidos. Mientras, en Inglaterra, los Housemartins deciden separarse, pero eso no le importa a nadie en Riazor.

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Con este panorama, el aficionado coruñés bastante tenía con rumiar si abandonaba o no la grada cada temporada. Porque cuando llegaba el tramo final de la misma siempre se iba todo al garete en un suspiro, por alguna u otra razón. En 1986 bastaba un empate en Oviedo para el tan ansiado ascenso, pero el árbitro del encuentro resolvió un barullo en el area coruñesa en los instantes finales señalando un penalti que el equipo carballón no desaprovechó. Por no hablar de esas semifinales de Copa de 1989 contra el Valladolid, en las que la ida de Riazor dejó un ilusionante 1-0 tras colocarla el brasileño Raudnei allí donde el larguísimo cancerbero Ravnic no podía llegar. Y en la vuelta lo de siempre, todo al traste con un Fernando Hierro -central de los castellanos- inconmensurable a la hora de la violencia y un árbitro, Soriano Aladrén, conocido desde entonces como Soriano “Al Ladrón” en A Coruña.

Admitámoslo, quien gustaba del fútbol en la capital coruñesa en los ochenta no aparecía por el estadio durante la temporada. Lo que llenaba Riazor era el trofeo Teresa Herrera, donde sí aparecían el Real Madrid o el Benfica o la Juventus en verano y jugaban como se jugaban las pretemporadas de antes. ¿Y el Deportivo? Mal que bien manteniendo una masa social de apenas 5.000 sufridores que cada domingo dialogaba a silbidos con el césped. Hubo que esperar a 1991, a una nueva última jornada, solventada esta vez con el incendio de parte de la cubierta y un 2-0 al Murcia -los “goles de Stoja”- que valió el ascenso a Primera. Al año siguiente Arsenio Iglesias salvaba el “matchball” de la promoción de descenso contra el Betis y, préstamo de Caixa Galicia mediante, Augusto César Lendoiro viajaba a Brasil y se traía consigo a Mauro Silva y Bebeto.

Esa es otra historia, por todos conocida, la del Súper Dépor; a la que sucedió la del Euro Dépor y otras exitosas reencarnaciones por España y Europa adelante que se saldaron con seis títulos nacionales y las más grandes plazas de pedigrí continental rendidas. Sí, Europa. En 1987 una pancarta de la peña Barrio Sésamo -el germen de los Riazor Blues- rezaba “Depor a la UEFA” junto a un tosco dibujo de Espinete. Por entonces no era ni siquiera utópico, es que no pasaba de chanza propia de un bullicioso y animoso grupo de seguidores, “rara avis” por cierto en el por entonces enfurecido graderío de Riazor. Y en 1987, pese a todo lo relatado, un inglés decide ponerse un pin del Dépor en la solapa. ¿Por qué? Buena pregunta.

Quizás habría que conocer antes a Paul Heaton. Antes de nada: Paul no es deportivista, en absoluto; es un obseso del fútbol. Criado en Sheffield, en el corazón de Inglaterra, la primera gran decisión de su vida es decidir a cuál de los dos equipos locales entrega su corazón. En la ciudad conviven el Wednesday, ganador de cuatro ligas, tres copas, una Charity Shield y una Copa de la Liga en 150 años de vida; y el United, con una Liga y cuatro copas en 125 años. Palmarés aparte, apenas seis temporadas en la máxima competición estatal en favor del Wednesday o, visto desde la otra acera, tres victorias de margen del United en el “derbi del acero” separan a ambos conjuntos. Y Paul escogió honrar la camiseta rojiblanca de los últimos por la razón más elemental: su padre y sus hermanos preferían la blanquiazul del eterno rival.

Y esa elección deriva en fanatismo llegada la juventud, enrolado en la Blades Business Crew, la “firm” de hooligans rojiblanca. Nunca le han dolido prendas en reconocer su presencia en numerosos viajes con tan agradable compañía, señalando que si en los autobuses están los que duermen, los que cuentan y cantan las mofas sobre los rivales y los que buscan pelea, él es de los que sueltan las puyas que provocan las peleas. Y así sigue, refiriéndose a todo seguidor del Wednesday como “mamón” o, por ejemplo, preguntando por “los gilipollas del City” antes de un concierto en Manchester, donde fue saludado con un aluvión de sillas.

El fanatismo por el United da paso a la obsesión por el Planeta Fútbol: una habitación con camisetas y bufandas de equipos ignotos o listas de equipos odiados que revisa periódicamente para ver cómo evoluciona su desprecio. Es lo que en los ochenta le hacía viajar en tren a Italia para ver jugar al Inter, hasta que el creciente racismo del graderío de Boys San le hace darles la espalda; o lo que le hace admirar al Lecce tras asistir a una clase magistral de “catenaccio” con la que el modesto equipo de la Apulia arrancó un empate al Milan de los holandeses, con tres hombres dedicados en exclusiva a hacerle la vida imposible a Marco van Basten. O viajar a España para pasar las tardes viendo jugar equipos amateur en Sitges o animar al Racing de Santander.

Está claro que el pin del Dépor aparece en la solapa de Paul por puro fetichismo. Pero, ¿cómo lo consiguió en tiempo tan aciago para la camiseta blanquiazul? La primera teoría apunta a Louie Donowa, extremo inglés que recaló en las filas del equipo coruñés en 1986 y recorrió la banda de Riazor hasta 1989. Quien la suscribe afirma que Donowa regresaba cada verano a su tierra natal con la maleta llena de banderines, chapas y bufandas del Dépor y los regalaba por doquier. Y Paul Heaton estuvo allí. O no. En el Reino Unido viven unos 60 millones de personas y, aunque la carrera de Donowa ha discurrido por una docena de ciudades, ninguna hace sospechar de un encuentro con Paul, quien por entonces alternaba su residencia entre Sheffield y Hull. La teoría de las probabilidades y todo eso.

No hay problema, a mano tenemos a Antonio Doncel, Antonio para el deportivista con un poco de memoria histórica, defensa del conjunto herculino en la segunda mitad de los ochenta. Finiquitado su contrato se buscó la vida por otras latitudes hasta recalar en las filas del Hull City. Sí, es el equipo de la ciudad que los Housemartins tomaron como base de operaciones. Y allí Antonio se fue “aprendido”, imitando a Donowa llegó a la región de Yorkshire cargado de banderines, chapas, pins, camisetas y bufandas del equipo herculino. Y a partir de aquí sólo un fan de “Regreso al futuro” puede creer en una entrega en mano de la insignia deportivista: Antonio fichó por el Hull City en 1996, nueve años después de tomarse las fotos de “The people who grinned…”.

Siempre nos quedará el artista ahora conocido como Fatboy Slim, dj y productor de talla internacional que, allá por 1987, respondía por Norman Cook y era el bajista de los Housemartins. ¿Y bien? Pues que hay quien jura y perjura que Norman le compró el pin a Paul en A Coruña, durante su estancia como estudiante Erasmus en la escuela de Náutica herculina. Si bien el conocido programa de intercambio vio la luz ese mismo año, al igual que en paralelo los estudios de Náutica adquirían categoría de carrera universitaria, hay un hecho a tener en cuenta que lo desbarata todo: en 1987 Norman está inmerso en quehaceres tales como ganarse la vida con unos Housemartins en la cúspide de su carrera musical.

Llegados a este punto igual es mejor que sea el propio Paul Heaton quien aclare este desaguisado. Y así nos remontamos al verano de 1983. Poco antes la temporada termina con un nuevo golpe bajo para los blanquiazules. Hubiese bastado un empate en la última jornada en casa ante los resultados de sus competidores, pero un Rayo Vallecano motivado por una generosa prima de terceros aguó la fiesta y sacó un 1-2 de Riazor. El golaverage con el Mallorca dejaba a los blanquiazules sin ascenso, condenados a vagar de nuevo por el barrizal de Segunda. En esas fechas Paul inicia un viaje por el norte de España, son los meses previos a la formación de Housemartins.

Cuando llega a Galicia, no recuerda si fue en Santiago o en O Grove, palía su fiebre de souvenirs futbolísticos comprando un pin y un parche con el escudo del Real Club Deportivo de A Coruña. De la insignia ya sabemos su destino; el parche lo coserá en una americana que lucirá años después al frente de otra banda más exitosa aún que los Housemartins: The Beautiful South. Cuando Paul ve hoy esa foto de 1987 lo que siente es orgullo, no de fan, sino de conocimiento, del que posee algo que pocos entienden a tu alrededor pues al Dépor no lo conocía entonces ni el Tato. Paul sí, porque además años después el destino quiso que a punto estuviese de cambiar el devenir del club herculino.

Fue en el verano de 1990. Poco antes, a nadie debería sorprender ya, los coruñeses han finiquitado la temporada con el enésimo drama. Tras colarse en los puestos que les dan derecho a disputar la promoción de ascenso, les toca jugársela contra el Tenerife con la ventaja de campo de su parte. La ida en el Heliodoro Rodríguez López finaliza con un 0-0 que da esperanzas más por la aparente debilidad de los chicharreros que por méritos propios. Y en la vuelta Riazor es una fiesta; que dura un cuarto de hora. El tinerfeñista Eduardo Ramos cabecea un balón colgado al segundo palo que golpea acto seguido en el larguero, cae sobre la espalda del portero Fernando y cruza la línea. El posterior cerrojo de los isleños no hubo manera de romperlo en 80 minutos de angustia. La fatalidad, una vez más.

Y mientras Santa Cruz de Tenerife se sumerge en la fiesta, en la cercana isla de Gran Canaria encontramos a Paul combatiendo el calor con cerveza. Su nuevo proyecto, The Beautiful South, marcha viento en popa: el álbum “Welcome to the beautiful south” consigue el año anterior llegar al número 2 de las listas y otro disco de platino para su colección; el mejor pistoletazo de salida posible a una trayectoria que se extenderá hasta 2007 y se saldará con más de 15 millones de álbumes vendidos en todo el mundo. Así que mientras el Depor se da de bruces contra un muro tinerfeño, en la isla vecina -y rival- Paul pasa unos días junto a su compinche musical Dave Rotheray para preparar el segundo álbum de su nueva banda. ¿Y qué hacen dos “guiris” músicos aficionados al fútbol perdidos en Canarias? Pues beber, componer y ver partidos de fútbol amateur. Un proceso de trabajo muy efectivo: en otoño el single “A little time” llega al número 1 de las listas inglesas y “Choke”, el álbum, rebasará de nuevo el linde del Platino.

Meses antes, un soleado domingo encontramos a Paul y Dave sentados en el modesto graderío de un campo de fútbol perdido de la mano de Dios; según el mapa el lugar se llama Arguineguín. Están borrachos como cubas, por cierto, y mal que bien siguen las evoluciones de un partido de juveniles. En un momento dado, uno de los participantes, un chavalín con más sombra que cuerpo empieza a quebrar rivales a una pierna. Paul se vuelve a su amigo, asombrado ante lo visto, y le pide que le saque de dudas. ¿Acaso está muy borracho o tiene delante de él al “mejor jugador de todos los tiempos”?. Dave, sincero ante todo, le responde que, efectivamente, la curda es de mucho nivel, pero que asimismo el chico es “increíblemente bueno”.

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íAcabado el partido, Paul se acerca a un paisano que veía la pachanga a pie de campo y le pide que le escriba en un papel el nombre de aquel niño de regate inverosímil, al que nadie puede arrebatar el balón cuando se empeña, que no aparenta sus 15 años recién cumplidos pues de tan delgado parece tener sólo dos dimensiones. De regreso a casa Paul contacta con un conocido en el “staff” del Sheffield United y le pone el papel en la mano rogándole que fiche al chico, la reencarnación de San Fútbol en la Tierra. Ante lo heterodoxo de la propuesta -y quizás conocedores de las circunstancias en que Paul y Dave vieron el partido- nadie en el United mueve un dedo y el asunto queda en nada.

Pero imaginemos por un momento que ese arrugado papel en vez de en la basura acaba sobre la mesa del despacho del “general manager” del United. Que éste, teléfono en mano, marca el prefijo 34 -lo que allí viene a ser “Spain”- y se dispone a contactar con la familia de ese chaval que, según la torpe grafía, se llama: Juan Carlos Valerón Santana. Imaginen lo que quieran, porque no pasó. Valerón hizo el recorrido por todos conocido. La temporada que viene volverá a pisar Riazor. Imaginen lo que quieran, lo que en Sheffield no fueron capaces.

Juan Pardo Laguna

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