Matxitxakoko guda

“Pero nada pueden las bombas donde sobra corazón…”

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Gudaris pertenecientes al batallón Amayur.

Año 1937, en plena Guerra Civil española, la muerte y el terror asolaban de norte a sur. Cataluña, Aragón, Valencia, Murcia, parte de Andalucía, Asturias, Madrid y el norte de Euskal Herria permanecían fieles a la República y sus valores, en un tiempo en que los sublevados no daban tregua. Mientras que en Álava y Navarra, de mayoría carlista, el franquismo no encontró gran oposición, Guipúzcoa y Vizcaya seguían siendo defendidas con bravura por los suyos. El “cinturón de hierro”, un entramado de búnkeres entrelazados por pasadizos en los montes vizcaínos, hacía imposible la penetración en la provincia por las fuerzas de ocupación.

José Antonio Aguirre (PNV), lehendakari y jefe del Euzko Gudarostea (Ejército Vasco) y del Euzko itsas Gudarostea (Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi), junto con Joaquín de Egia y Unzueta, firmó un decreto por el cual se incautaban barcos pesqueros, preparándolos de una forma muy precaria para el combate. Nacían así los bous: Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, Nabarra, Goizeko, Iparreko, Donostia, Gazteiz e Iruña. Estos navíos protagonizarían más tarde la que es, sin duda, una de las páginas más trágicas y heroicas de nuestra historia.

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Bou Iparreko, febrero de 1937

El entonces lehendakari y el Gobierno Provisional Vasco hicieron un llamamiento para que el pueblo se presentase voluntario en esta recién nacida flota. Muchísimos fueron los voluntarios, más de 3.000 que en su mayoría eran pescadores, para combatir en una guerra que cada vez resultaba más difícil vencer. Tal era el ansia de lucha que hubo quien falseó su edad para poder alistarse en un bou, siendo el más joven de los tripulantes de solo 14 años. Con tan solo dos cañones y dos ametralladoras, estos barcos se dedicaron a hacer numerosos servicios de escolta, limpieza de minas y labores de protección de la pesca. Los nuevos tripulantes de estas naves pasaron de pescar bacalao a pescar fascistas.

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Cartel alentando al alistamiento: “Euzkadi´k bear zaitu” (Euzkadi te necesita).

Como en toda historia necesitamos un archienemigo, en esta ocasión el crucero franquista Canarias (C-21). Para que nos hagamos una idea de la abrumadora diferencia que separaba a ambos, el acorazado Canarias pesaba 10.000 toneladas y tenía una capacidad de 800 hombres, frente a los casi 50 hombres de los bous; por cada cañón vasco el Canarias tenía catorce. Al igual que David cuando se enfrentó a Goliat, los tripulantes de los bous eran conscientes de la abismal diferencia de medios.

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Tripulantes del bou Gipuzkoa izando la ikurrina.

El general Mola tomó a sangre y fuego las ciudades de Irún y Donostia, cayendo así Guipúzcoa y complicando aún más la situación en el frente. El 5 de Marzo de 1937, el mercante Galdames salió de Bayona hacia Bilbao con 173 pasajeros, la mayoría mujeres y niños refugiados, escoltados por cuatro bous, dos en cada flanco. Para no ser interceptados navegaban de noche y con las luces y radios apagadas, lo que hizo que dos de ellos se perdiesen y quedasen tan solo el Galdames y los bous Nabarra y Gipuzkoa.

Los rebeldes a bordo del Canarias detuvieron y apresaron el barco mercantil Yorkbook, procedente de Estonia, que transportaba armas para la República. Más tarde se toparon con el bou Gipuzkoa que, después de un intercambio de fuego, decidió poner rumbo a la costa vasca donde las baterías apostadas en nuestras playas mantendrían alejado a su perseguidor. Mientras, el Bizkaia se encontró con el Yorkbook, que había conseguido zafarse de su captor, y le escoltó hasta al puerto de Bermeo, donde los estonios consiguieron entregar el cargamento de armas.

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El bou Gipuzkoa siendo socorrido por un barco auxiliar, óleo del pintor británico David Cobb.

La segunda refriega dio comienzo cuando el resto de barcos se toparon con el Canarias, que exigió al Galdames que se entregase. Para reforzar su orden lanzó un par de cañonazos que impactaron en el Galdames, matando a varios tripulantes. Al ver esto el capitán del Galdames, Hilario Urriz, decidió rendirse rápidamente apagando los motores. No así Enrique Moreno, capitán del bou Nabarra (anteriormente llamado Vendaval) que insistió en resistir y luchar hasta la muerte, iniciando así el zafarrancho de combate y dando comienzo a la famosa batalla del cabo Matxitxako.

Durante más de dos horas y bajo una terrible galerna ambos navíos se enfrentaron en una cruenta y desigual batalla. Dos largas horas en las que no dejaron de intercambiarse cañonazos mutuamente. Sin embargo, el fuego que escupían los cañones del bou apenas ejercían ningún daño en la acorazada cubierta del Canarias, mientras que los proyectiles de éste hacían un daño brutal a la embarcación vasca. Uno de estos cañonazos alcanzó las calderas, inutilizando por completo al Nabarra. Nuevamente el capitán dio otra auténtica lección de coraje y valor al decidir abrir las escotillas, filtrándose así el agua en los bajos del barco para poder hundirse y no ser apresado por el enemigo. Veinte hombres decidieron huir en los botes salvavidas que poseían, al contrario que los otros 29, que decidieron quedarse, hundiéndose con el que fue su barco, su capitán y su honor intacto. La guinda del pastel la puso Pedro Elguezabal, cocinero del Nabarra y uno de los 29 que permaneció a bordo del navío, quien mientras se iban a pique y animado por una botella de coñac enseñaba al Canarias un cuchillo desde la borda gritando: “venid aquí si tenéis huevos, cabrones”.

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El bou Nabarra en pleno combate, óleo de David Cobb.

Poco tardaron en apresar a los que huyeron en botes. Una vez a bordo del Canarias, el capitán aseguró a los tripulantes capturados que les perdonarían la vida pues, a pesar de ser enemigos, los sublevados admiraron el valor mostrado por los vascos en la mar. A bordo del Canarias viajaba una figura clave: Manuel Calderón, natural de Deba (Guipúzcoa), quien más tarde insistió a Francisco Franco en la conmutación de las penas de muerte que sobrevolaban sobre los detenidos, presos en la cárcel de Ondarreta, en San Sebastián.

Finalmente los veinte consiguieron salvar sus vidas y obtuvieron su libertad. Ellos son los que transmitieron esta historia entre sus familiares y allegados, dejando a las generaciones venideras un ejemplo de orgullo y dignidad sin precedentes. Simples pescadores convertidos en gudaris, derramando hasta la última gota de su sangre por la libertad, tiñendo de rojo la costa del cabo Matxitxako.

BETI GOGOAN!

 Martín Ttipia

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Publicado en: Ocio

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