LEPRA EN SANTA FE

Rosario es una ciudad brava, la verdad. Los mismos argentinos la catalogan así. E incluso Jorge Valdano, rosarino ilustre formado en las categorías inferiores de Newell’s, acierta en decir “Ser rosarino es una manera exagerada de ser argentino”. En la ciudad del Paraná, donde este río adquiere casi la categoría de mar por lo ancho que es y todo los secretos que esconde entre las dos orillas, se vive intensamente. Pero jamás te resulta extraña, siempre te da esa sensación que ya habías estado previamente por la Peatonal o en los bares de Pellegrini. En el microcentro no hay tiempo que perder, sus pequeñas calles casi no tienen semáforos, todo va “al toque”. Si cruzas aún sabiendo que estás cruzando con todas las de la ley, los coches te aceleran. Pero te aceleran de verdad, y cruzas la calle rápido porque sino te chocan. Y no va en broma, no tienen pinta de irse con chiquitas.

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Seguramente los porteños, esa gente que vive en Buenos Aires, estarán de acuerdo en un par de cosas sobre la Chicago argentina, que es así como se conoce Rosario. No hay clásico más pasional en Argentina que el Newell’s – Central. Las dos hinchadas son enemigos irreconciliables, es una rivalidad casi enfermiza y llevaba a límites de guerrilla, con muertos después de un clásico y crímenes que se mezclan con ajustes de cuentas entre las familias de narcotraficantes que controlan las calles, villas, búnkers donde se vende la droga y hasta policías corruptos.

Y en ese contexto uno va al Estadio Marcelo Bielsa, mejor conocido como el Coloso del Parque Independencia. Mareas de hinchas rojinegros invaden las calles, los bares y puestos de choris de las calles colindantes y del mismo parque. Y ver un partido en la Popular Diego A. Maradona (porque el Diego jugó en Newell’s y es hincha declarado de la Lepra) es un subidón de adrenalina. Porque no es el sitio más indicado donde a tu madre le gustaría verte, eso es la jungla. Pero allá se alienta como si no hubiera mañana, es una fiesta cada partido de local. Te dejas llevar con el ritmo de cumbia, el olor de lo que la gente fuma en la cancha y te empieza a doler el brazo de tanto alentar “a lo argentino”.

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Desde hace años que se prohibieron los visitantes en Argentina para el campeonato, pero la Copa Argentina es otra organización y sí que permiten desplazamiento de hinchadas, siempre jugando en estadios neutrales pero con ambas parcialidades. Y  ahí entro yo, en la cancha del Club Atlético Unión de Santa Fe, a unas dos horitas de trayecto en coche. Era contra Central Norte de Salta, en el norte de Argentina, únicamente ellos saben las horas que pasaron en el bus para ir al partido y volver…

Las previas en Argentina son diferentes, la gente bebe pero siempre a una distancia del estadio, y comprando unas cervezas de esas que te las dan por debajo del tablón, ya que ningún establecimiento tiene permitido vender alcohol. Aparcamos el coche y ya el “trapito” (los gorrillas en España) nos sopló unos 200 pesos por estacionar el coche, siempre con el riesgo de encontrártelo bien a la vuelta.

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Allí todo es de todos, tu dejas una cerveza encima de la mesa, te despistas un segundo y ya no está. Es a fondo común y yo era el novato, así que tuve que esperar para comprar otra. Esta vez no dejé que nadie me la sacara con toda la fiesta de la gente cantando. Entramos a la cancha y los aficionados rivales ya estaban en su tribuna, con sus trapos, bombos e incluso pirotécnica para cuando saliera su equipo, ya que era un partido importantísimo para ellos. Nuestra hinchada tardó en entrar, teníamos muchos controles y la banda estuvo retenida bastante rato. Una vez en la Popular, todos los trapos y banderas están puestos pero los para avalanchas vacíos. Es porque los bombos entran al compás que lo hace el equipo, como un ritual que pasa por toda la hinchada y el trayecto está repleto de gente cantando y saltando.

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La barra de Newell’s no tardó en hacer de las suyas, unos pocos muchachos treparon el alambrado y robaron varias banderas grandes de los salteños. Volaron piedrazos, cayeron tuberías, encendedores y más cosas que uno no puede reconocer. El grueso de la barra fue directo donde había el quilombo, te empujaban por todos sitios y de repente nos mojaron enteros a todos, nos tiraban con los cañones de agua esos que te dejan atontado y sin saber qué ha pasado. Aparte de que era invierno en Argentina…

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Newell’s ganó ese partido y los muchachos de la popular se apresuraron a subirse a sitios inverosímiles para desatar los trapos y recogerlo todo. En un momento ya no había nada, era brutal. Con atención, compramos unos choris (lo mejor que tiene el fútbol argentino) y volvimos donde habíamos aparcado, estaba todo ok. Volaron algunos piedrazos otra vez y la policía reprimió, así que nos tocaba un par de horitas de carretera con los bombos pegados a nosotros, bien mojados y hambrientos, pero con una sonrisa bien leprosa.

Groundhopper Barcelona

 

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