Beograd

“Hay lugares jodidos. Y luego están los Balcanes”. A esa conclusión llego cuando mi amigo Ivan me despide en el aeropuerto. Ha sido una semana llena de emociones, he podido conocer lo que llevaba tiempo queriendo ver con mis propios ojos y experimentar con todo lo que eso conlleva. El avión despega y dejo atrás el Aeropuerto Nikola Tesla, contemplo el atardecer algo tenso, ya que hasta para las turbulencias son jodidos los Balcanes.

En el viaje de ida esas sacudidas hicieron que dudara, así que le recé a otro dios. Perdóname, Diego. Con los deberes hechos en casa, ya sé decir cuatro cosas en serbio pero eso no quita que el vendedor de tickets del transfer al centro se burlara de mí. Qué le voy a hacer, es un hombre de más de 60 años, con unos ojos azules que delatan las mil y una vivencias que debe haber superado esa persona. Me alojé en un pequeño estudio muy céntrico y sin ninguna otra comodidad que un par de estufas que me dieran calor por la noche y a la mañana. Llevaba un buen madrugón encima y las turbulencias me empujaron a tomar una pinta de cerveza. Me senté en una mesa fuera, en la terraza de un bar de Terazije a pesar de los 2ºC. Con los nervios algo destrozados, me animo a fumar un cigarrillo y el camarero que me atiende me invita a pasar dentro del bar. Le digo que no, que me apetece fumar. Él me mira y se ríe. Pone los brazos en jarra y me dice: “aquí se puede fumar en los bares. Esto es Serbia, my friend”.

“Hoy juega el FK Partizan contra el FK Proletar. ¡Ya tengo el ticket y voy al estadio esta noche!” pienso en mis adentros. Llego a la cancha y, dejando a un lado la fachada principal, parece una maldita cárcel. No va en coña, y eso que he estado en algunas de las peores canchas de Argentina. Lleno de graffitis y murales de amistades con otros grupos ultra, observo el dispositivo policial y parece que sea hoy el derby. Parecían las tropas de Saruman, armados y protegidos hasta los dientes. La entrada es gratis, tengo una en tribuna pero consigo una en el Sud, donde está Grobari. Hablo con alguno de los muchachos, voy a un bar a tomar un par de cervezas y termino tomando rakia. Hace un frío de la puta madre, a -6º viendo un partido sin más de la Superliga serbia. “Ni tan mal” pienso. Hasta que se encienden como unas 60 bengalas por todo el campo y las empiezan a tirar al campo de juego, el partido transcurre con normalidad y los operarios se apresuran a apagarlas. No entiendo una mierda de lo que cantan, pero hay hinchas que se sacan la camiseta, bromean y siguen cantando. Los lavabos son lo peor que he visto, a la altura de los baños de la cancha de Chacarita Jrs de Argentina.

Al día siguiente hay otro partido, juega el FK Rad contra el FK dinamo Vranje de primera división. Con una sola tribuna y el gol, los hinchas del Rad son pocos pero aprietan. Un ambiente muy familiar, todos se saludan con todos y los niños juegan y mandan pelotazos al campo, teniendo que interrumpir el juego a diferencia con las bengalas del Partizan. Hace un frío soportable hasta que se va poniendo el sol. Me tomo un té caliente y unas palomitas, disfruto de la victoria local y de las ‘puteadas’ en serbio que no llego a entender. Lo que sí que mola es ver como hay una fábrica de alquitrán en pleno funcionamiento un domingo mientras hay una práctica deportiva de primer nivel a apenas trescientos metros del estadio.

En el barrio del Dorćol hay la tienda casual de los hinchas del Partizan, buen sitio para comprar recuerdos alternativos. Hay los murales sobre los hinchas del club, intelectuales y personas del club, así como Eddie Grant y Nikola Tesla. Visita obligada al Museo de Yugoslavia, al Museo Tesla y un recorrido por el parque y las fortificaciones militares del Kalemegdran, así como un paseo por el Danubio y el Sava hacia Novi Beograd. Se puede entrar en un club de tiro y disparar con un AK-47, no sabéis lo que mola poder tachar esto de tu bucket list.

Visita al Estadio Marakana y al museo del FK Crvena Zvezda. Allí está la Champions League y la Copa Intercontinental de principios de los 90. La tienda de Delije vende más que la oficial del club, y yo diría que incluso tiene mejores instalaciones. ¡Y están al lado! La visita al estadio del FK Partizan es mucho más humilde, Sveti no habla nada de inglés pero me lleva a la sala de los trofeos, todas las oficinas huelen a tabaco y se mezclan con el polvo y los recuerdos de un pasado más glorioso. Alguno de los murales de Grobari me recuerdan mucho a los de Argentina.

Siempre es bueno escabullirse entre los bares del Dorćol, hay muy buen ambiente y la gente siempre te da conversa. Un par de librerias pequeñas y locales son una excelente opción si a uno le gusta los libros a pesar de no entender el cirílico. Los suburbios de Novi Beograd son bastante ‘crappy’ y turbios, una muestra del legado de la extinta Yugoslavia. Recorrer todas las calles, sin importar el barrio, es una buena opción para descubrir ese Belgrado gris y vetusto, con heridas muy abiertas y evocación a un pasado lleno de bombas y metralla. Después de ocho días en Belgrado, aún me cuesta entender y procesar todo lo que he vivido, hablado y visto. Me voy y siento que voy a tener que digerir este viaje con el paso de las semanas y tomar un poco de perspectiva. Porque Belgrado es así. Y los serbios son sólo una parte de una historia muy singular que aún le queda por sanar.

Groundhopper Barcelona

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